miércoles, 24 de noviembre de 2010

NGAPALI BEACH...

... o dónde ir a buscarme si desaparezco del mapa y no sabéis más de mi.
El remate del viaje fueron los dos días finales que nos pasamos en una playa perdida de la Bahía de Bengala: Ngapali Beach. Sus 7 kilómetros de arena blanca y palmeras, unidos a que aún no había comenzado la temporada alta y, por tanto, prácticamente los únicos extranjeros que vimos éramos nosotros, hicieron muy difícil encontrar un buen motivo para volver al mundo real.
Si realmente hubiéramos tenido más tiempo, lo suyo sería haber ido a un archipiélago que hay al sur del país, justo donde el país se estrecha y hace frontera con Tailandia; éso sí que debe de ser el paraíso terrenal! Pero a falta de lo anterior, Ngapali Beach no defraudó: agua limpia, arena en la que corretean los cangrejos cuando baja la marea, niños y mujeres recogiendo conchas, carros de bueyes por la orilla, barcos de pescadores que salen a faenar al anochecer, y unos sitios para comer buen pescado y marisco a precio de risa. A lo largo de la playa podéis escoger varios alojamientos, ninguno de ellos para viajeros con presupuesto ajustado; lo bueno es que están construidos entre las palmeras, por lo que si te pones en la playa y miras hacia los lados (al menos en la zona en la que estábamos nosotros), te da la impresión de estar completamente solo.



Y para rematar la jugada, la guinda del pastel, el colofón del viaje y la mejor forma de poner los pies en la tierra, fue ir al aeropuerto el sábado por la mañana después de un chaparrón monzónico que nos pilló dando un paseo de despedida al amanecer casi en uno de los extremos de la playa, para encontrarnos que habían cancelado el vuelo por el mal tiempo en Yangón... la posibilidad de perder el vuelo de vuelta a China al día siguiente, no poder contactar con mi oficina xa decírselo ya que hacía dos días que internet no funcionaba en ésa zona -os recuerdo que los móviles extranjeros no funcionan-, y todo el subsiguiente jaleo que se iba a organizar si no dábamos señales de vida en nuestras casas a la vuelta, además de tener que pagarnos otro billete, nos hicieron tomar una decisión a la desesperada y poco aconsejable: subir en el coche q nos había llevado hasta el aeropuerto e ir a toda velocidad pitando a vacas, gente y demás obstáculos que nos encontramos por los caminos hasta un pueblo cercano del que salía un "autobus" hacia Yangón, que nos permitiría coger el enlace al día siguiente en el aeropuerto.
El plan inicial, que era aterrizar el sábado por la tarde en la capital, darnos un inmerecido masaje y un más aún inmerecido homenaje en un restaurante francés que tenía yo fichado (es lo bueno de estos destinos, que te puedes permitir ciertos caprichos...), se derrumbó sin darnos siquiera tiempo a protestar cuando, como por arte de magia, nos encontramos subidos en un autobus que nos dejaría, si no había imprevistos, 16 horas más tarde en Yangón.


A la incertidumbre de lo que nos quedaba por delante, se unía que no teníamos comida, no sabíamos si el autobus pararía en algún momento, y de fondo teníamos una tele antediluviana con un video de un monje budista cantando o rezando un tantra repetitivo, que me hizo plantearme seriamente si llegaríamos a destino no sólo sanos, sino también cuerdos... luego nos enteramos de que era normal que al principio de un viaje pusieran ése tipo de vídeos o cánticos para desear que todo saliera bien, y todos llegáramos sanos y salvos.
Sacar fotos con el autobús en movimiento era absolutamente imposible; no había carretera y los botes hacían absolutamente imposible poder dormir. Digo botes, q no baches, xq la mayor parte del tiempo teníamos que ir agarrados al asiento de delante xq literalmente nuestro trasero se despegaba del asiento! No os digo más, que los dos asientos de un lado de la última fila, que iban vacíos, acabaron "arrancándose" del suelo... y el pajarillo de la jaula que iba colgada al final del bus, no tardó en dejar de piar!
Hubo algún incidente, por ejemplo en una ocasión el autobus tuvo que parar durante un rato, ya que debido a las fuertes tormentas de los últimos días estaban reparando uno de los "puentes" además de que durante todo el trayecto la gente iba vomitando por la ventanilla o al bajarse en las paradas. Nosotros por algún extraño motivo aguantamos como campeones, aunque supongo que el hecho de que nos subimos al bus casi con el estómago vacío xq no nos dio tiempo ni a comer, ayudó bastante.
Así fue pasando el tiempo, el Sol se puso y nos quedamos a la luz de una especie de neón que se encendía de vez en cuando y a merced de los mosquitos
Cada poco, al cruzar alguna demarcación territorial que no pude descifrar, el autobús se paraba y todos teníamos que entregar nuestros documentos de identidad para que en la frontera los militares tomaran buena nota. Era una manera de estirar las piernas porque como comprenderéis, si a las 2 de la mañana en un paso fronterizo (por muy interior del país que sea) en un lugar perdido de Birmania, mi pasaporte se aleja de mi en manos de un desconocido, no me queda más remedio que ir detrás de él para asegurarme de que vuelve... Lo cierto es que ninguna de las veces tuvimos ningún problema ni los militares nos molestaron lo más mínimo haciendo preguntas ni nada de nada de nada y los monjes, que en algunos lugares aprovechaban la parada del autobus para pedir donaciones, tampoco.

Una vez más, pudimos experimentar la hospitalidad birmana donde menos lo esperábamos: un chico que estaba sentado cerca nuestro y que ya en el bus nos ofreció parte de la comida que llevaba cuando le preguntamos si el autobus pararía para comer algo en algún momento del viaje, descubrimos al ir a pagar la cena que ya nos había invitado... me explico: un auténtico desconocido para nosotros, que chapurreaba inglés y que si tuviera algo de dinero os puedo asegurar que se habría cogido el avión (unos 70 USD) para evitarse semejante tortura de autobus, nos invitó a cenar! Sinceramente, ¿cuántas veces habéis invitado a alguien en la parada de bus de Villalpando camino a Madrid?!

Finalmente, 16 horas más tarde, llegamos a destino sanos y salvos y como si de nuestro ángel protector se tratara, saltamos al coche de Kyaw -el guía que nos ayudó a organizar la parte del viaje que desde el extranjero no es posible hacer por tu cuenta, o que si lo haces te sale más caro- que nos sacó del enjambre de ruido, coches y autobuses de la estación de Yangón y nos llevó a desayunar antes de coger el vuelo de vuelta

El mismo que, cuando le preguntamos por mail antes del viaje si era posible ir a la playa en bus, nos dijo que imposible, que era muy largo y peligroso y nada aconsejable, nos recibió de brazos abiertos y con una sonrisa de oreja a oreja al vernos acercarnos a él por nuestro propio pie! Ya en el coche y como si, sin quererlo, todos se esforzaran en quitarnos el mal sabor de boca del viaje (no es algo que hubiéramos hecho premeditadamente, pero ya que no quedó otro remedio, os aseguro que lo disfrutamos como enanos y nos reímos más que todos los botes y tirones en el cuello que pudimos llevar en 16 horas), el gerente del hotel de la playa le llamó para interesarse por nosotros y saber si habíamos llegado bien... ¿qué más se puede pedir?

Sólo se me ocurre una respuesta posible: ¡¡VOLVER!!

lunes, 22 de noviembre de 2010

BAGAN...

... o cómo sentirse como Mowgli por unos días.

Por si todo lo anterior hubiera sido poco, pusimos nuestros sentidos a prueba una vez más y nos subimos en el siguiente vuelo, que nos dejó nada más y nada menos que ... ¡¡en Bagan!! Para los que no tengáis ni la más remota idea de lo que estoy hablando, Bagan es una llanura situada en la zona centro-este del país, del tamaño de Manhattan -si es cierto lo que leí en algún sitio-, en la que aún os podréis encontrar más de dos mil templos y pagodas de los siglos X a XII dC.

Con las vistas del anterior paisaje aún dando vueltas por la cabeza, aqui simplemente ya no fue posible contener la caída de la mandíbula, ni tampoco poder cerrarla hasta que nos fuimos.

Llevo un rato dándole vueltas a la forma de explicaros lo que vimos, pero es que realmente las palabras se quedan cortas y las fotos no le hacen justicia. Mires a donde mires, sólo veréis una extensión enorme de tierra, llena de templos aqui y allá, con campanillas sonando al viento, y algunos reflejando el Sol en el oro con el que las recubren. Entre unas y otras, plantaciones de maíz, cacahuetes, árboles, bueyes labrando la tierra, gente transportando la cosecha en cestos sobre su cabeza, cabañas de paja en las que viven los campesinos, menos extranjeros de los que podréis contar con las dos manos y una extraña sensación de que el tiempo se ha parado, y que realmente no quieres que vuelva a andar.
BAgan - templos





Lo más útil es alquilar el primer día un carromato tirado por un caballo, para ver los más importantes y orientarse un poco, y el segundo y siguientes ya subirse en una bici y perderse por los caminos hasta que se ponga el Sol.



Sobre Bagan, si os interesa, podéis encontrar mucha más y mejor información de lo que os pueda contar yo ahora, en lo que se refiere a Hoteles, donde comprar piezas de lacquerware, sitios para comer y demás. Pero, como dije al principio, de Birmania te vuelves con historias, con nombres propios y caras de las personas que las protagonizan, y con una agradable sensación de gratitud xq las hayan compartido contigo, xq se hayan sentado sin conocerte de nada y te hayan contado más de su vida que la mayoría de los vecinos con los que lleváis años cruzándoos en el portal de vuestra casa casi a diario. "Ésta, es la mía":

Él, nació y se crió en Bagan; ella, en Bago, una ciudad situada al este de Yangón. Cuando ella contaba con algo más de veinte años, tuvo la suerte de poder cumplir uno de los sueños de la mayoría de los birmanos: al igual que los musulmanes peregrinan a la Meca al menos una vez en la vida, pero en este caso sin tintes religiosos, viajó a ver el tesoro por excelencia de su país, Bagan. Él la vio pasar en uno de los carros tirados por caballos camino a los templos, y después de unos segundos que se le quedan grabados en la memoria mucho tiempo después, saltó en su bicicleta y sin pensarlo dos veces, la siguió. Según él, fue algo automático, no pudo pararse ni a pensarlo, cuando se encontró pedaleando con todas sus fuerzas detrás de aquélla completa desconocida y sus acompañantes.

Durante los días siguientes, "coincidieron" en varios templos, se cruzaron por los caminos y hasta se buscaron con la mirada por el pueblo, deseando que, en cualquier momento, el otro apareciera "casualmente" por allí. Llegaron a hablar y tal y como si llevaran buscándose desde siempre sin saberlo, decidieron que eran la persona con la que querían pasar el resto de sus días.

Y así fue. Poco tiempo después, se prometieron, se casaron y hoy tienen un niño de 15 años que sueña con estudiar aeronáutica. Él estudió geología, e intentó en varias ocasiones acceder a una plaza en el organismo público correspondiente pero, manteniendo la misma mirada sonriente que unos momentos antes cuando contaba cómo conoció a su mujer, te cuenta que no tuvo el dinero suficiente para pasar el examen, es decir, para sobornar al funcionario de turno.

Así que decidieron hacer lo poco que podían hacer: abrir un restaurante en Bagan, entendiendo por tal una casita de madera y paja con apenas 5 ó 6 mesas en las que reciben con la mejor de sus sonrisas al que tenga la suerte de dejarse caer por allí. En nuestro caso, fue una parada totalmente casual para beber un zumo a medio día, y reponer fuerzas para seguir pedaleando hasta donde nos llevaran las piernas. Sin saber cómo, nos encontramos con la mesa llena de comida que no les habíamos pedido, y una invitación a cenar ésa misma noche.

Ante la disyuntiva de parecer maleducados diciendo que no ("¿cómo nos van a INVITAR ellos a cenar, q no tienen nada?"), o volver por la noche y sentarnos a cenar y charlar con ellos y probar una auténtica comida Birmana, nos decantamos por la segunda opción; la experiencia los días anteriores nos decía que teníamos todas las papeletas para que la noche fuera, como poco, inolvidable. Y así, bajo los restos del monzón, nos encaminamos a cenar con aquéllos desconocidos de los que apenas sabíamos sus nombres. No nos equivocamos.


Desde el momento en que aparecimos por la puerta y durante todos y cada uno de los segundos que nos pasamos allí, las atenciones, generosidad, hospitalidad, educación, y la amabilidad, no dejaron de estar presentes en su máximo exponente. Nos agasajaron con una cena de más platos de los que cabían en la mesa y de los que -estoy segura- se habrían preparado para ellos mismos; nos contaron historias como la que leisteis más arriba, se atrevieron a darnos su opinión sobre temas mucho más que controvertidos y, no contentos con lo anterior, no nos dejaron irnos con las manos vacías, ya que nos regalaron un par de piezas de lacquerware -no me sale el nombre en español-, un abre botellas de madera con un cocodrilo tallado a mano, y dos longyis que también aprovechamos para aprender a usar y son con los que aparecemos en las fotos. Durante la cena y en medio de la noche (literalmente, xq farolas, menos que las justas), en un par de ocasiones se ausentó nuestro anfitrión en moto y bajo la lluvia, para traer té y buscarnos a alguien que nos llevara de vuelta al hotel, siempre sin avisar para evitarnos pensar que le causaba algún trastorno. Si la velada pudo tener algún encanto más, fueron sin duda los cortes de luz que nos dejaban en la más completa oscuridad, en medio de las risas y buscando las linternas y velas para seguir charlando mientras la lluvia fuera empezaba a formar charcos que no sabíamos si habría que cruzar a pie o a nado a la hora de irnos...

Ése momento inevitablemente llegó, y después del intercambio de mails correspondiente ("estamos aprendiendo a utilizarlo, vamos al museo a conectarnos gratis pero si nos mandáis las fotos las colgaremos aqui en la pared, al lado de las nuestras, para que las veáis la próxima vez que vengáis"), nos abrazaron como si realmente se despidieran de sus amigos de toda la vida (creo que yo no he abrazado así a los míos antes de venirme) y mientras el carrito se alejaba por el camino y se adentraba en la oscuridad, se quedaron a la entrada abrazados y saludándonos con la mano hasta que les perdimos la vista.


Durante el tiempo que nos pasamos en el carrito, mojándonos y tambaleándonos por los baches hasta que llegamos al hotel (la mujer del conductor sentada a su lado e iluminándole el camino con una linterna), el nudo que teníamos en la garganta prácticamente no nos dejó articular palabra y desde entonces, seguimos aún "digeriendo" la cena.

Si algún día vais por Bagan, sabed que no veréis lo mejor hasta que no vayáis a visitarles: SANTHIDAR Restaurant, South of Old Bagan - Main Road - Myingabar.

domingo, 14 de noviembre de 2010

LAGO INLE.

La segunda parada de nuestro viaje fue en el lago Inle, en la zona centro-este del país. Después de un vuelo interno de apenas una hora, nos subimos en un coche que, antes de llevarnos a nuestro destino final, nos hizo un par de paradas en un monasterio de camino





y en un mercado local





... imposible resistirse a su encanto!

En esta zona del lago, hay dos opciones de alojamiento: o bien en Nyaungshwe, un pueblecillo situado en la orilla norte, o bien en uno de los lujosos hoteles que hay repartidos por sus orillas; si bien es cierto que el pueblecillo tenía más ambientillo, por una vez que éramos "ricos" decidimos invertir 50$/noche en dormir en un hotelazo q en Europa no nos habría costado menos de 150€/noche ya que como se suele decir, 'una vez era un pez'...

El lago en sí ya es espectacular, da igual a la hora del día q lo visites: al amanecer, al atardecer, con lluvia o con nubes amenazantes, mires a donde mires no te cansas de ver el paisaje formado por el agua y al fondo, las colinas que lo bordean donde aqui y allí brillan a lo lejos como guiños, las estupas y pagodas de oro. La única distracción es el ruido del motor de la barquichuela con la que lo atraviesas



Una vez a la semana, en puntos diferentes de la orilla, se organiza un mercado local que no hay que dejar de visitar: las diferentes tribus de los alrededores, bajan con sus cosechas para venderlas y hacerse con las cosas que necesitan y de las que no disponen montaña arriba: desde alimentos a ropa, pasando por herramientas para cultivar el campo, tabaco, productos de higiene, (artesanía para turistas) y otras cosas que no supe descifrar... Dicen que la zona es de las mejores para hacer trekkings, pero no tuvimos tiempo suficiente para comprobarlo; en cualquier caso yo me quedé con ganas de probar muchas de las cosas q estaban cocinando en los puestecillos y q no olían nada mal, pero el nivel del hotel era proporcional al del desayuno que sirvieron y tengo q reconocer q cuando llegué al mercado por la mañana mi estómago se negó en banda a hacerse cargo de digerir más comida y simplemente no tenía un solo hueco para la degustación! La visita al mercado os dejará para siempre imágenes en la retina como éstas:







El lago es conocido también por la curiosa forma que tienen sus pescadores de remar, y es que subidos de pié en uno de los extremos de la barca, han aprendido a enganchar el remo con una pierna y remar en equilibrio sobre la otra, ya que así mantienen las dos manos libres para tirar y recoger las redes, y sacar los peces:





Si tenéis tiempo, no dejéis de visitar en la aldea de Inthein el complejo de Shwe Inn Thein Paya:







o los jardines flotantes, construidos sobre el lago y sobre los cuales cultivan todo tipo de flores y verduras; por si todo lo anterior fuera poco, yo intento cumplir a rajatabla mi máxima de "bautizarme" allá donde vaya y no me resistí lo más mínimo a hacerlo en esta ocasión, eso sí vestida por una cuestión de "allá donde fueres", y después de que el chico q llevaba la barca se tirara primero...





Para los madrugadores, y ya de despedida, recomiendo a los que cojáis el vuelo del medio día que os levantéis bien temprano y hagáis una visita a las cuevas de Pindaya, que además de merecer la pena por las más de ocho mil estatuas de buda que contienen donadas por fieles de todo el mundo, están cerca de uno de los monasterios más bonitos que vimos en todo el viaje: el de Sing Kyaung y de una casa donde podréis ver la tradicional elaboración de las típicas sombrillas de papel birmanas (Aung, Pyitawtha Quarter), desde cómo hacen la pasta de papel hasta cómo tallan la madera o cómo las pintan luego.

Ah, y en el capítulo de artesanía, los débiles de espíritu y amantes de la plata o la seda, ¡absténganse de visitar el lago! (recordemos una vez más, q los precios son irrisorios y la tentación... en mi caso, invencible!).